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El camafeo

Por: Gina Delucca
Escritora Invitada

Para mí era un cama-lindo. Me daba trabajo creer que el nombre de ese prendedor tan lindo que tenía mi abuela Marian se llamaba camafeo. Yo era tan sólo una niña, pero mi pasión por las antigüedades comenzaba a surgir. De más está decirles que para mi boda, se lo pedí prestado y lo lucí con orgullo. Para mí, era el máximo tesoro familiar.

Gina Delucca (Foto/Suministrada)

Gina Delucca (Foto/Suministrada)

El camafeo es el tema estético de mi primer libro. El camafeo es símbolo de belleza, de elegancia, de cuidado en la elaboración de algo, de detalles. Habla de nuestras abuelas y bisabuelas. De sus valores. De todo lo bueno que nos legaron a través de nuestros padres. Aunque no fueran perfectas, aclaro.

Discreción, recato, decencia… Hay algo de eso también. Aunque cuando profundizamos en los orígenes de los camafeos, vemos que datan desde antes de Cristo, en culturas como la griega y la romana, donde el recato no era una virtud.

Hay camafeos en ágata. Hay camafeos en cristal. Y también de concha, como el mío. (Ah, porque fui heredera forzosa del famoso camafeo.)

Es un trabajo preciso y minucioso el de esculpir ese relieve. Y si la camada lisa queda translúcida, mejor todavía. La reina Victoria los puso de moda hace dos siglos. La producción industrial generó camafeos donde la figura estaba pegada a la superficie lisa, no tallada sobre ella. Nuestras monedas están acuñadas emulando la técnica del camafeo. Y recientemente se ha desarrollado la tecnología para crear por computadora un relieve de un rostro de una persona, para que así, por ejemplo, la “modelo” del camafeo sea la quinceañera o el ser querido.

Pero en esencia, un camafeo es una pequeña obra de arte que se logró quitando todo el vidrio, la piedra o la concha que estaba de más.¡Wao! Se me ocurre que algo así es lo que Dios quiere hacer con nosotros. Él quiere resaltar la belleza—externa e interna—de cada uno de sus hijos. Para ello sus maravillosas manos tienen que remover poco a poco todo lo que está de más. En el divino escarpelo se queda la vanidad, el egoísmo, la avaricia, el rencor y la crítica.

No hay dos camafeos iguales. No hay dos humanos iguales. Todos comenzamos nuestra jornada con Dios como esa piedra rústica que se sometió a los guallazos de los instrumentos del Artista. Y cuando se termina la obra, Él nos corona con un fino anillo ovalado de oro o plata, para que siempre seamos vistos como joyas.

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