Home » Editorial » El poder de Dios para transformar una ciudad

El poder de Dios para transformar una ciudad

Por: Wanda Rolón

Dios transforma ciudades y pueblos a través del poder que ha depositado en sus hijos.  El no hace nada si no es por un propósito.

Samaria era un lugar que no era muy amado por los judíos, pero Jesús, siendo judío tuvo que pasar por allí.

(“Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea. Y le era necesario pasar por Samaria. Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José.” Juan 4:1-5)

Dios nunca olvida las cosas que ha hecho antes; El honra los pactos de generación en generación.

La gente de Samaria y los de judíos de Jerusalem no se llevaban entre sí porque cada uno tenía un estilo diferente de adoración; aunque conocían de la historia no tenían comunión.  Los judíos pensaban que los samaritanos eran ciudadanos de segunda clase.

(“Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.”  Juan 4:6)

No podemos subestimar las cosas pequeñas, pues esas pequeñeces pueden desatar algo grande.  Mucho menos podemos subestimar a las personas porque todos somos importantes para Dios y él tiene planes y propósitos con cada uno.

No importa que no sepamos qué decir, lo importante es que podamos decir lo que Dios quiere que digamos. Podemos desatar una nación oyendo la voz de Dios y siguiendo su propósito, amando lo que Dios ama y superando nuestras propias crisis.

Es tiempo de hacer lo que no queremos y no nos guste por amor a Dios.  Una vez aceptamos a Cristo como nuestro Salvador no nos mandamos nosotros, nos gobierna el Padre.  Ya es hora de que la iglesia sea la sal y luz del mundo.

Es tiempo de cerrar el capítulo de derrota y de abrir un capítulo de victoria donde veremos la mano de Dios obrando a favor nuestro, de nuestra familia y de nuestra nación.  ¡Hay que soltar la rutina!

Somos la esperanza de este mundo, Dios nos entregó el privilegio de predicar su palabra.  Estamos embarazados de una palabra que tenemos que depositar en el corazón y en la vida de alguien tal vez en los lugares que menos esperamos.

(“Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber.  Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer.  La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí.  Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.” Juan 4:7-10)

Jesús utilizaba un manto que lo distinguía como rabino, el borde de su manto tenía una distinción especial.

(“Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva.” Mateo 9:20-21)

Cuando el Señor nos pide algo es porque nos va a devolver algo mucho más grande y abundante de lo que esperamos. Él no nos pide nada para que quedemos en ruinas o frustrados.  ¡Cuando Él nos pida, tenemos que darle!

Los prejuicios no nos permiten ver la gloria de Dios.  Cuando Dios nos da una palabra y tenemos en nuestro corazón la convicción de que viene de Él no podemos permitir que nuestro cerebro dañe lo que Él dijo.  La fe se cree, se toca, se percibe, se aprecia y se confiesa.  No podemos analizarlo todo, si supiéramos como se hace no sería fe.  Los caminos de Dios y sus pensamientos están por encima de los nuestros.  Dios hace lo que quiere, cuando quiere porque para Él no hay nada imposible.

No asistimos a un templo para solo por cumplir, sino porque Él quiere cumplir su propósito en nosotros.

(“La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?  ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?  Respondió Jesús y le dijo:  Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.”  Juan 4:11-14)

El agua que Dios da, nunca más provoca sed.  Le servimos a un Dios justo que siempre nos va a hacer justicia.  El Padre peleará por nosotros.

(“La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.  Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá.” Juan 4:15-16)

Dios aborrece el pecado pero ama al pecador.  En la samaritana se tenía que producir una confesión y un quebrantamiento.  Muchas veces  queremos servirle a Dios y recibir todo de Él pero no queremos renunciar a lo que sabemos que a Dios no le gusta.

(“Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.  Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta.  Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.  Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.  Más la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.” Juan 4:17-23)

Una verdadera búsqueda de Dios:

–              Produce cambios en nuestras vidas

–              Querer hacer lo que Dios quiere que hagamos.

–              La santificación llega a nuestras vidas

–              Nos transforma para Él y por Él

Una vida sin cambios ni frutos no es una vida correcta.

Hay mucha gente que ama a Dios pero no han podido transformar su vida, por no dejar la vida antigua de pecado. Tenemos que ser honestos con Dios y abrir el corazón para decirle que no estamos viviendo en el camino correcto y deseamos ser como Él quiere que seamos.

No podemos satisfacer las demandas de Dios con rituales, podemos orar y ayunar lo que es importante pero la obediencia a Él es mucho mejor que el sacrificio. (“Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros.” I Samuel 15:22)

(“Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas.  Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.” Juan 4:23-26)

Tiene que haber un punto en nuestras vidas en que nos cansemos de ser utilizados y no amados.  El momento en que recobremos la dignidad que Dios nos dio tiene que llegar.  Todos debemos pasar por el momento en que nos preguntemos si somos en realidad lo que Dios desea.  Tenemos la oportunidad de cambiar nuestro destino cuando reconocemos a que vino Jesús.

(“Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?  Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él.”  Juan 4:28-30)

Lo que hemos recibido otros lo necesitan.  Dios nos ha dado agua de vida eterna y tiene que fluir en otros.

Somos vencedores, hay que retomar la posición en el Señor.  Alineados con Dios, podremos hacer grandes cosas.

La mujer testificó y no le dio vergüenza.  Una mujer fue capaz de regresar a su ciudad para traer bendición e impartir vida.  Jesús, sacó a la samaritana de la suciedad y la posicionó. Todos la conocían por lo malo que hacía pero se convirtió en una gran evangelista.

(“Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come. Él les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis.  Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.  ¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega. Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega. Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega. Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores. Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho. Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días. Y creyeron muchos más por la palabra de él, y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo.” Juan 4:31-39)

Nuestra parte es hablarle a otros de lo que Dios ha hecho en nosotros.  El Padre se encargará de confirmar y afirmar que lo que le hemos dicho les pasará a ellos individualmente.

Scroll To Top