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La Palabra del Día: la verdad divina

Por: Livio Ramírez del Ministerio Dios Habla Hoy
www.dioshablahoy.org

Una vez que la verdad entra en el corazón humano y transforma en nueva criatura a la persona, ningún poder humano o sobrenatural puede arrancar esa verdad de él. Los creyentes en Cristo tenemos que mantener esa verdad, pero no como un huésped en nuestras vidas sino como un estandarte de la fe que profesamos.

Tenemos que hacer eco de las palabras de nuestro Señor Jesucristo, cuando dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie, viene al Padre, sino por mí”. (Jn. 14:6) Podemos decir con certeza que no es cristiano el que no lo cree así; aquellos que lo creen y lo sienten, y conocen por testimonio propio el poder del Espíritu Santo cuando éste se manifiesta por medio de la Palabra de Dios, primero se dejarían quitar la vida, antes que dejarse arrebatar la verdad del evangelio la cual forma parte de ellos.

La verdad que es Cristo y su Palabra serán siempre nuestra razón de ser, nuestro consuelo en la muerte, nuestro cántico en la resurrección, y por ende, nuestra gloria en la eternidad. Podemos dejar atrás algunas medias verdades que son sólo filosofías, rudimentos y tradiciones de la religión, pero no podemos tratar así la verdad divina. Aunque la Palabra es alimento suave para tomar, es en el más alto sentido, el alimento más esencial para el ser humano, pues con la Palabra de Dios que es la única verdad, es que aprendemos y crecemos espiritualmente. La verdad de que somos pecadores es penosa, pero nos humilla y nos hace vigilantes; nos hace soldados del ejército más poderoso que existe en toda la tierra: la Iglesia de Jesucristo.

La verdad de que todo aquel que cree en el Señor Jesucristo será salvo permanece en nosotros y es nuestra esperanza eterna. Ninguna creencia debe limitar la simpatía de la gracia; pero tan amplia como es la gracia divina, debe ser nuestra comunión con Dios, y la única forma de demostrar esa comunión es siendo obedientes a la Palabra de Dios, que nos dice que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado. Es natural que existan incomprensiones en cuanto a la verdad recibida, pero es nuestro deber luchar contra éstas, y amar de corazón a nuestro prójimo .El apóstol Juan, inspirado por el Espíritu Santo de Dios, resume todo, cuando en su primera epístola, refiriéndose a Cristo, nos dice: “No amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad, y en esto conocemos que somos de la Verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de Él”. (1 Jn. 3:19)

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