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Puerto Rico: Luz en tinieblas

(Foto/Suministrada)

Lily Cintrón Vega
Profesora de Español    

Hace algún tiempo, me percaté de la constante presencia de mi monoestrellada en residencias, automóviles, lugares de trabajo, camiones de agencias de gobierno, etc. Esto trae a mi memoria palabras de nuestro Abelardo Díaz Alfaro en su clásico Josco: “…carácter reconcentrado, huraño, fobioso, de peleador incansable”. El levantamiento de una bandera es grito de batalla. A partir del 20 de septiembre de 2017, cada hermano puertorriqueño emprendió su lucha contra los estragos de quien, con todas las fuerzas de sus entrañas, devastó el territorio boricua: María. Fueron muchas las cosas que se perdieron, pero, aunque resulte irónico, son incontables las ganancias, eje de este escrito, pues, como decía mi madre: “No hay mal que por bien no venga”.

En este proceso de sobrevivencia fui miembro activo en varias filas. Fue en estas donde conocí muchos compueblanos: una mujer morena de pelo rosado que luchaba como leona por sus muchos niños, un humilde vendedor de hielo que  impartía cátedra sobre Aquiles a los clientes y una joven rubia que llegó extremadamente callada y luego de algunas cervezas hablaba cada vez más alto. También tuve el privilegio de presenciar una gran cartelera en la que dos guapetones personificaban a Carlitos Colón y al Invader en sus mejores tiempos, una señora de avanzada edad que casi no podía caminar por la altura de sus zapatos (primero muerta que sencilla) y otras, que vendían lo que fuera en las filas, sin duda, ¡los mejores empresarios!; satisfacían cualquier demanda y al momento. También, entre muchas otras, vi a varias personas que en medio del goce del alcohol unieron sus manos y comenzaron a orar; menos mal que Dios los entiende, aunque nadie pueda.

En realidad, fueron muchos los seres humanos con quienes interactué. Con ellos me entretuve y de ellos aprendí. De todos, quien más captó mi atención fue un joven que se encontraba en la fila de un garaje, su nombre era Manolo. A pesar de que su automóvil era de los postreros, este llegó hasta el principio de la fila y comenzó a dirigir todo con el fin de organizar la marcha. No solo lo logró, sino que sustituyó al guardia que estaba a cargo y, cual cacique Mabodamaca, dirigió su tribu. A pesar de su delgadez, su energía era tanta, que les hablaba con autoridad a los que estaban en la fila, a los guardias, a los empleados del garaje y a quien se le pusiera de frente. Todos le obedecíamos como ovejas a su pastor. Bien lo dijo Rubén Blades: “la vida te da sorpresas”; cada quien tiene lo suyo y ser un buen líder no es de todos.

Además de tales incidencias, viví otras que, sé, les resultarán familiares. Una de ellas es la negra oscuridad que nos cobijaba al caer la noche. Qué maravillosa sensación la de contemplar la luna y las estrellas en su máximo fulgor, libres de contaminación lumínica. También, ante la ausencia radical de tantas prácticas rutinarias, pude hablar más con mis vecinos, con adolescentes adictos al celular y con mi familia… Unos a otros nos dábamos la mano, al igual que lo hacían entre sí las personas del residencial público aledaño a mi casa, a quienes veía ir, a pie o en bicicleta, a buscar las ayudas pertinentes. ¡Cómo recordé mis años de niñez cuando no vivía atada como marioneta a un automóvil!

Vale destacar que ante la necesidad común no existen diferencias. No importa el estrato social, todo puertorriqueño se sintió acompañado en su escasez y en su oscuridad. Después de todo, existe el dicho muy popular: “Siempre hay alguien que está peor”. Aunque lo sé, me conciencié aún más de ello cuando una alumna me expresó: “Maestra, yo aprendí a abandonar las cosas antes de perderlas”. ¡Cuánto me aleccionan mis estudiantes! Me invadió entonces la vergüenza por las veces que me quejé y comprendí una vez más cuánta solidaridad debemos practicar para poder levantarnos.

Aprendí que en medio de la oscuridad, cual lo expresa José Luis González en uno de sus más afamados cuentos, volvemos a ser gente, que no debemos aferrarnos a cosas que no son imprescindibles para vivir, que nuestros antecesores lucharon arduamente para labrar el sendero, pues no contaban con las comodidades que disfrutamos hoy día y, sobre todo, que existe una ineludible distancia  que nos imponen el trabajo y otros asuntos que consideramos importantes. Resulta imposible abarcar en su totalidad todo lo aprendido. Solo me resta decir que hasta las palabras sobran cuando se trata de expresar sentimientos, pues en cada bandera que adorna las calles de mi pueblo vibra latente la esperanza de que emergerá una luz en medio de las tinieblas, porque no me queda duda de que Puerto Rico, ¡coño!, se levanta.                   

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