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Reconciliados con Dios

Por: Livio Ramírez

La escena es una sala de juicio frente a un majestuoso tribunal. Resuena la voz del Juez, sonora y profunda, y su divina presencia aparece ante el auditorio: Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla el Señor. (Is. 1:2)  Y al resonar esta voz, todo el universo se detiene y se dispone a escuchar. No se trata de un juicio cualquiera, ni son acusados comunes; es Dios el que habla, y es su pueblo el que está ante el tribunal, y es el profeta Isaías el que describe la escena.

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Foto/Archivo

Este pueblo ha pecado, ha desobedecido las leyes de Dios, ha sido rebelde, incrédulo, idólatra y concupiscente. El profeta o el fiscal acusador, continúa hablando, inspirado por el Espíritu Santo de Dios.

El primer pecado del hombre fue rebelarse contra la santa voluntad de Dios para seguir las insinuaciones de Satanás. A partir de eso, todos los seres humanos han hecho lo mismo. El profeta describe la consecuencia de haber pecado: Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta  la cabeza no hay él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite. (Is. 5:5-6) Todo el mal que existe en el mundo está contenido en esta descripción patética que hace el profeta Isaías de la enfermedad de un pueblo. Todo hombre nacido de Adán está enfermo en su cuerpo, en su alma y en su espíritu, porque el pecado es una enfermedad hereditaria, transmisible y contagiosa.

El Profeta denuncia la maldad del pueblo, rechaza en nombre de Dios los falsos arrepentimientos, y la multitud de ritos, cultos y ceremonias religiones que no sean para adorar a Dios y glorificar el nombre de Cristo. Hastiado estoy de holocaustos, les dice, vuestras fiestas solemnes me son abominación. La religión se ha convertido en hipocresía, y el arrepentimiento no es más que un pasajero escrúpulo de conciencia. Entonces el Profeta invita al pueblo a reconciliarse con Dios. Venid luego, dice el Señor, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. (Is. 1:18) Dios nos ama tanto que envió a su Hijo a morir por nuestros pecados. Pero nosotros tenemos que aceptar ese sacrificio, aceptando a Cristo como nuestro Salvador. El apóstol Pablo declara: Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándole en cuenta a los hombres  sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. (2 Co. 5:19-20)

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