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Reflexión: El perdón

(Foto/Suministrada)

Karinna Bejarano

Las heridas, al no ser sanadas, generan el resentimiento que -a su vez- produce en nuestro corazón sentimientos negativos como el deseo de venganza, rencor, odio y todo esto llega a convertirse en raíz de amargura.

“Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que, brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados”. (Hebreos 12:15).

La raíz de amargura es lo que mantiene vivo el recuerdo del pasado como si la situación hubiese ocurrido hace unos minutos causándonos así más dolor y sabemos que los rencores no curados producen enfermedades físicas.

Según Wikipedia, el perdón es disculpar a otro por una acción considerada como ofensa, renunciando eventualmente a vengarse, o reclamar un justo castigo o restitución, optando por no tener en cuenta la ofensa en el futuro, de modo que las relaciones entre el ofensor perdonado y el ofendido perdonante no queden más o menos afectadas.

El perdón es una decisión; conlleva a la acción de decidir pasar por alto la ofensa. Perdone palabras que le han dicho, acciones que le hayan ofendido, propóngase perdonar.

Una buena forma de empezar es siendo sincero con Dios, pidiéndole que atreves de su Espíritu Santo podamos lograr perdonar.

Es un ejercicio diario, una decisión diaria que hay que tomar, decídase a dejarse ayudar por el Espíritu Santo siendo honesto con uno mismo y con Dios, y así recibiremos la bendición de poder sanar nuestras heridas.

“Confesaré mis transgresiones a Jehová. Y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Selah”. (Salmo 32:5).

La voluntad es primordial para obtener sanidad de todo recuerdo que nos produce dolor. Cuando nos arrope el recuerdo de la situación volvamos a perdonar la ofensa, así como Jesús le respondió a Pedro en Mateo 18: 21-22.
“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonara también a vosotros vuestro padre celestial”. (Mateo 6:14).

Para finalizer, reitero que el perdonar es un ejercicio diario.

En el instante que nos llegue a la mente el recuerdo de la ofensa oremos a Dios decidamos nuevamente perdonar.

Seamos libres del rencor, busquemos hacer la voluntad del Padre en todo y así poder dar frutos del Espíritu Santo y poco a poco las heridas se irán cerrando con la ayuda de Dios.

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