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La huella de un padre

Por: Rdo. José F. Mejías & Magaly Ortiz Albert

“Me levantaré e iré a mi padre…” (Lucas 15:18)

(Foto/Suministrada)

(Foto/Suministrada)

Fue la decisión de este joven de cambiar su actitud, pues reconoció que había pecado contra el cielo y contra su padre.  Había incumplido con el mandamiento de Honrar a sus padres. Desde el inicio de la parábola encontramos a este joven tomando decisiones que deshonraban a su padre y a su familia.

De acuerdo con la cultura tradicional de Medio Oriente, pedir la herencia cuando su padre estaba vivo y aun gozaba de buena salud, era decir: «Padre, ¡estoy deseoso que te mueras!». Realmente era una ofensa, pues aún no era el momento de recibirla y ante esta petición, el padre debía echarlo de la casa sin ningún beneficio. Sin embargo el padre cedió a su petición y le repartió los bienes.

Este hijo menor, como dice la versión DHH, “Pocos días después el hijo menor vendió su parte de la propiedad, y con ese dinero se fue lejos, a otro país, donde todo lo derrochó llevando una vida desenfrenada”. La ley judía del primer siglo permitía la división de bienes (una vez que el padre estaba dispuesto a llevar a cabo la tarea), pero no otorgaba a los hijos el derecho de vender sino hasta después de la muerte de su padre. Por lo tanto, esta acción era otra deshonra para su padre.

En el tiempo de Jesús, cuando un joven judío perdía la herencia familiar en manos de gentiles, era castigado con una ceremonia llamada “qetsatsah” si no traía consigo todo el dinero de la venta de su herencia.

“Al mismo tiempo que se le acabó el dinero, hubo una gran hambruna en todo el país, y él comenzó a morirse de hambre. Convenció a un agricultor local de que lo contratara, y el hombre lo envió al campo para que diera de comer a sus cerdos. El joven llegó a tener tanta hambre que hasta las algarrobas con las que alimentaba a los cerdos le parecían buenas para comer, pero nadie le dio nada.” (NTV)

Para un judío, cuidar cerdos era una humillación enorme; pero ante esta situación no le quedó otro remedio y aunque este joven había provocado su miseria, esta misma adversidad fue el instrumento para que él recobrara la cordura.

El hambre provocó que la huella de amor de su padre brotara en su corazón.  El respeto, la consideración, la justicia, los valores, la conducta moral e intachable de su padre, le hicieron reconocer que estar en “la casa de mi Padre” correspondía al lugar seguro, al lugar de protección, la casa donde había abundancia de pan.  Esta huella de amor lo hizo tomar la decisión.

“Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.”

Este padre lo vio y lo reconoció a distancia, corre, se levanta el borde de su larga túnica y corre a recibir a su hijo a quien ama porque es su hijo y no por lo que ha hecho. Nadie podrá enjuiciarlo ni castigarlo, porque el amor del Padre cubrió la multitud de pecados.

La huella de amor del padre la encontramos en la cruz del calvario.

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