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Opinión: Refunfuñando

Juan José Díaz Díaz
Especial para Presencia

Ya pasó la política, llegó la Navidad, y nos preparamos para recibir el 2017 con la esperanza de que sea un año lleno de bendiciones para todos. Sin embargo, como yo no quiero recibir el Año Nuevo sin desahogarme, decidí refunfuñar un ratito y compartirlo con ustedes.

Juan José Díaz Díaz. (Foto/suminsitrada)

Juan José Díaz Díaz. (Foto/suminsitrada)

A continuación, algunas de las cosas que me hacen refunfuñar:

Biombos de la Policía – No hay nada que me haga refunfuñar más en la carretera, que guiar con un carro de la Policía, al frente o atrás, con lo biombos a to’ “jender”. ¡Es una verdadera pesadilla! Te enfocan y ciegan, pero uno no se atreve a pasarle por el lado o dejarla pasar, dependiendo el caso, porque cree que lo van a tomar como algo sospechoso, y nos darán un boleto.

Armaduras – Uno ve una película sobre batallas antiguas, ya sean de españoles, escoceses, ingleses, lo que sea. Los guerreros se preparan para la gran batalla, y pasan un montón de tiempo colocándose una armadura súper incómoda, que tiene partes en metal que le cubren el rostro, el pecho, los brazos y hasta las piernas. Uno pensaría que, con lo incómodo que debe ser llevar tanto metal encima (y lo peligroso, con lo caro que está el metal hoy día… jaja), estos tipos hacen el sacrificio, porque la armadura los protege. ¡Pues no, no es así! En todas las películas que he visto, nunca se ha dado que alguien le dé con una espada o un cuchillo en la armadura a otro, y que se le doble el filo. Todo lo contrario. El tipo llega con una súper armadura, y el primero que lo ataca, hasta con una rasuradora de Gillette (de las baratitas, no la Mach3), lo pasa como bacalao.

Las galletas con mantequilla – Sí, yo sé que hay una explicación lógica, que envuelve las leyes de gravedad, pero pocas cosas me hacen refunfuñar tanto como cuando se me cae una galleta con mantequilla al piso… y la mantequilla siempre cae para abajo. Como los gorditos como yo no tenemos mucha habilidad para reaccionar y movernos a tiempo, lo que hacemos es meter la pierna, para ver si evitamos que caigan al suelo, por lo que siempre terminamos con la espinilla embarrá de mantequilla también.

Las salchichas – Cada vez que anuncian una tormenta o huracán en Puerto Rico, voy al supermercado y, adivinen qué; nunca quedan salchichas enlatadas. ¿Por qué no se agotan las baterías, las velas ni las linternas, pero sí las salchichas? De hecho, la última vez que anunciaron tormenta, fui temprano al supermercado, y quedaba una sola lata de salchichas… y de las picantes. ¡Guácala!

La nariz – Nadie sabe por qué, pero la verdad es que siempre que tengo las manos sucias, me pica la nariz. Yo trato de rascarme con el hombro, pero no es lo mismo. Es como si la nariz tuviera personalidad propia y dijera: vamos a divertirnos un ratito.

Las llaves – Esta es cortita. Siempre que tengo una sola mano libre para abrir la puerta, las llaves están en el bolsillo opuesto.

Texteando – Nada me hace refunfuñar más, que estar escribiendo un mensaje de texto en el celular, y me entre una llamada. Es una sensación tan hermosa. Lo lindo de esta situación, que a todos nos ha sucedido, es que mientras más importante es el texto que estás escribiendo, más importante es la llamada que te está entrando. ¡Hermoso, simplemente hermoso!

Mi lista es mucho más larga, pero el espacio que me queda lo utilizaré para recordarles que hay solo dos palabras que te abrirán muchas puertas en la vida: HALE & EMPUJE. ¡Bendecidos!

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