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¡Se mata a nuestro pueblo y no actuamos! ¿Hasta cuando?

(Foto/Suministrada)

S.E.R. Mons. Eusebio Ramos Morales,
Obispo de la Diócesis de Caguas y Administrador Apostólico de la Diócesis de Fajardo-Humacao

Nos hemos acostumbrado a ver o escuchar las noticias en radio, televisión y prensa sobre las continuas muertes violentas, pero ya no nos impresionan: balaceras por todas partes, asesinatos por armas de fuego, quemados en autos, cadáveres en bolsas plásticas, personas degolladas o encontrados con manos amarradas o sus cabezas cubiertas y baleadas. Además, el maltrato a la mujer y a los niños. Se ha entronizado la violencia y la muerte en la convivencia puertorriqueña y se ha hecho parte de nuestra cultura de muerte. ¡Pero no pasa nada! Hasta pensamos y decimos que todo está bien. También, hemos creado una forma particular de informar tanta violencia y criminalidad: les llamamos “individuos”, no personas. Así, los hijos de esta tierra se convierten en números y estadísticas frías de muerte cuando los contamos, porque a veces ni siquiera se cuentan.

Pero ¿qué hay de las familias que pierden a sus seres queridos, de las madres y padres que pierden sus hijos, de los hijos que se quedan sin sus padres, de las esposas o esposos que quedarán viudos y desgarrados, de los matrimonios truncados por la muerte cruel y violenta, de la juventud apagada inmisericordemente, del recurso humano del país que se va diluyendo y de la sociedad diezmada y enferma que vamos encontrando? ¿Hasta cuándo? El grito de los niños huérfanos, las lágrimas de los rostros adoloridos y los múltiples hogares y familias puertorriqueñas destrozadas que sufren este sin sentido, claman al cielo y a nuestras conciencias.

Ha llegado la hora de dejar a un lado la partidocracia fanática que nos convierte en tribus, la comodidad de nuestras posiciones placenteras, muy bien pagadas, y superar los intereses egoístas que nos encierran y aíslan del dolor ajeno. Esta devastación social causada por la imparable ola violenta y cruel que nos acompaña en nuestra cotidianidad social tiene que terminar. Celebramos las iniciativas públicas y privadas que se han presentado, pero nos basta con las conferencias de prensa y cumbres para complacencias personales y noticiosas. Es urgente iniciar una amplia reflexión en todos los ámbitos de nuestra sociedad puertorriqueña: a nivel familiar, social, académico, cultural y religioso.

Invoquemos a la Virgen María y con ella llevemos vida y esperanza a los que sufren o se les arrebata inmisericordemente. “Nosotros también, Padre, queremos ser una Iglesia que sostiene y acompaña, que sabe decir: ¡Aquí estoy!, en la vida y en las cruces de tantos cristos que caminan a nuestro lado. En María aprendemos la fortaleza para decir “sí” a quienes nos han callado y no se callan ante una cultura del maltrato y del abuso, del desprestigio y la agresión, y trabajan para brindar oportunidades y condiciones de seguridad y protección”, (Papa Francisco en Viacrucis de la JMJ, 25 de enero de 2019).

Que Dios les bendiga y les transforme en el nombre de su hijo, nuestro Señor Jesucristo, y con el amor y la luz de su Santo Espíritu.

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